CRÓNICAVisto 1142 veces — 12 enero 2019

“Un barco en llamas y humo negro. Humo denso y visible desde toda la ciudad que sin saberlo anuncia y presagia una tragedia portuaria de proporciones en el puerto de Antofagasta”

La mañana de ese día miércoles 13 de enero de 1965 se había desarrollado normalmente en el Cuartel General del Cuerpo de Bomberos de Antofagasta, cuartel que en esa época cobijaba tres históricas unidades bomberiles, los cuarteleros de la Primera, Segunda y Cuarta compañías se esmeraban y competían en tener impecablemente limpios sus carro bombas. Los colores rojos, azules y verdes de estas románticas máquinas bomberiles debían brillar a la distancia junto a los bronces relucientes que reflejaban el esmero y tradición de cada compañía. Seguramente lo mismo pasaba en los cuarteles de la Tercera, Quinta, Sexta y Séptima Compañías ubicados en distintos sectores de la pequeña ciudad de Antofagasta que a esa hora ya se levantaba en trabajo arduo y febril que auguraba un día más de sacrificadas labores en la tranquila perla del norte, pese a los calores de ese verano del año 65.

Como era su costumbre, todos los días del año, en su legendaria camioneta Chevrolet Apache de los años “50, el comandante, Mauro Mujica Quintano, pasaba por el Cuartel General y por los demás cuarteles pasando revista del estado y disposición de alerta de las máquinas y sus cuarteleros para salir a cualquier llamado que fueran requeridos. Esa fatídica mañana no fue la excepción y tipo 08.40 A.M. el reconocido comandante estaciono ceremoniosamente su camioneta, se bajó de ella y realizo una exhaustiva y detallada inspección a los carros bombas que siempre preocupa a sus conductores y oficiales de Compañía por el exceso de atención en los detalles en lo referente a la limpieza y presentación del material que ponía el Comandante. Terminada esta primera parte de la inspección, Don Mauro pasaba a revisar la pizarra de novedades de cada compañía, después se daba un tiempo para interrogar brevemente al cuartelero general a cargo de la central telefónica y de Alarmas por las sucesos ocurridas en la noche y madrugada. Concluida esta habitual operación procedió a marcharse, seguramente a inspeccionar algún otro cuartel bomberil donde choferes cuarteleros y algún joven oficial de compañía lo esperaba con preocupación y disciplina, esperando poder pasar la inspección y responder correctamente todas las interrogantes del histórico comandante.

Contará la historia y el relato de los viejos bomberos Antofagastinos que esa mañana pasaban por el cuartel general para hacer un alto de los ajetreados tramites que les correspondía realizar en el centro por motivos varios en una ciudad ya envuelta en las altas temperaturas de un verano que recién comenzaba. Cuando a eso de las 09:10 A.M. cayó el primer telefonazo venido del puerto informando que se había producido un accidente grave y el estallido de unos cilindros de gas. Esa fue poca la información que en un principio recuerdan recibieron los bomberos allí presentes y en especial los cuarteleros a cargo de sus máquinas. Pero esta información fue suficiente para despachar al lugar varias unidades de bomberos que muy pronto informarían con detalle de la tragedia que se comenzaba a vivir en el ahora incendiado puerto de Antofagasta.

Con el correr vertiginoso de los minutos que se fue aclarando la situación para el cuartelero general, ya que pronto llegaron más llamadas telefónicas de distintos puntos de la ciudad entregando más detalles de la tragedia y pudo informar con pormenores a los bomberos antofagastinos y en especial a los Comandantes y Oficiales Generales que se dirigían al incendio y querían saber detalles de lo que se estaba viviendo y que a esa hora toda la ciudad comentaba y comenzaba a hacer testigo privilegiada e histórica de tan tristes y valerosos episodios ligados con el fuego sin control. Incluso desde las casas de la población Gran vía ubicadas en el sector sur de Antofagasta y a una considerable distancia del puerto eran claramente visibles las explosiones del puerto, así lo recuerda los niños Wastavinos quienes, con su madre la Señora Marta, estaban preocupados por su padre que trabaja en ese entonces en una empresa naviera.

Según el relato de varios testigos, unos de los cables de acero de las grúas, llamados estrobos y desde una altura superior a los 7 metros, un cilindro de gas propano con un peso estimado en 2.500 kilos cayo pesadamente al piso de cemento del puerto provocando con tan mala suerte la rotura de su válvula y el consiguiente violento escape de gas. Lo más rápidamente que se pudo y en medio del miedo y temor se dio la voz de alerta, todas las voces gritaban “escape de gas” tratando de alertar a gran parte de la tripulación que a esa hora de la mañana se encontraba aun dentro del buque, pero la nube toxica era indetenible y muy pronto llegaría a las entrañas del navío donde había una cocina encendida. La toxicidad de la nube primero hizo que varios tripulantes y estibadores saltaran a tierra o simplemente se arrojaran al mar para salvar sus vidas, hasta que en segundos lo inevitable pasó, la primera explosión fue letal para varios tripulantes y se sintió en gran parte de la ciudad. Con ella todas las naves y personal del puerto que realizaba maniobras y faenas en otras partes de las instalaciones portuarias inmediatamente detuvieron trabajos y se pusieron a resguardo. Otras cuatro naves inmediatamente izaron anclas y abandonaron el puerto para ponerse a resguardo en el mar de costa y evitar así poder ser víctima de las explosiones que a esa hora se sucedían una tras otra.

En unos cuantos minutos ya el Cuerpo de Bomberos de Antofagasta estaba movilizado por completo, bajo las órdenes del Comandante Mujica, sus otros dos Comandantes y el cuerpo de Capitanes y oficiales de Compañías y todos los bomberos se desplazaban en dirección al puerto, los diferentes conductores de sus respectivas compañía inmediatamente fueron a sacar las segundas maquinas a sus cuarteles y muy pronto los bomberos trataban de avanzar con su vías al lugar del incendio, pero la precaución que se debía tener era extrema, ya que no se conocía con exactitud la magnitud de la carga, la cantidad de cilindros que aun contenía el buque, cuántos explotaron o estaban por explotar y que otra carga podía llevar en sus bodegas que no estaba a la vista de los hombres del fuego.

El gas es un elemento en combustión tremendamente peligroso y letal, simplemente explota y no te da tiempo para nada, los bomberos lo conocemos bien, a eso de las 9.30 las explosiones se seguían una tras otra y los tripulantes, estibadores y todo el personal del puerto en distintas faenas así como los primeros bomberos en llegar fueron testigos a la distancia y tratando de acercarse a la nave, del valor del Capitán del barco Don Sergio Diaz Bernal quien a bordo de su buque y en cubierta tomaba los bidones de gas más pequeños y los arrojaba al mar por la borda de su navío con coraje y decisión, pero el gas no perdona y muy cerca de él se produce un gran explosión que acompañada de un fuego siniestro lo envuelve primero haciéndolo desaparecer de la vista de los testigos para luego arrojarlo violentamente al mar, Don Sergio tratando de proteger su gente y su nave con el valor de un Capitán naval de honor, había sentenciado su existencia a una muerte heroica para muchos, si bien fue rescatado por los tripulantes de una goleta que se acercó valientemente a la nave en llamas, también colaboro en este salvataje el bombero de la desaparecida Séptima Compañía Don Luis Pérez Pizarro, el Capitán no resistió las quemaduras y murió a las horas después en el Hospital Regional de Antofagasta.

Los primeros carros que lograron entrar al puerto a eso de las 09:35 conducidos por sus valientes cuarteleros fueron el Ford de la Séptima conducido por don Horacio Molina, cuartelero que después de más de cuarenta años de servicio se hizo bombero en su Séptima Compañía y con la desaparición de esta Compañía, ingreso a la Cuarta Compañía donde murió como bombero Cuartino. También lo hizo el carro GMC de la Primera con su cuartelero Santiago Bradanovic , el GMC de la Tercera Compañía conducido por don Carlos Illanes y el carro de la Quinta Compañía conducido por Don Oscar Pizarro Aliaga. Rápidamente a esas unidades se fueron sumando los bomberos de distintas compañías que llegaban presurosos al incendio y lograron hacer un armado que en pocos minutos succionaba agua de la poza y la tiraba con fuerza a la cubierta del buque siniestrado con el monitor de la Séptima y Tercera Compañías.

Algunas partes del barco en ciertos sectores alcanzaba el rojo incandescente del acero sometido a la alta temperatura que anunciaba su destrucción. Cada palma del buque en llamas rechinaba como lamento siniestro de una catástrofe definitiva y terrible que apagaba con este ruido monstruoso algunos gritos de los hombres que morían en el dolor y la impotencia de un fin terrible en las tripas metálicas de este gigante de acero que ese día se convertiría en un ataúd enorme e incandescente de fierro y mar.

Cada viejo bombero Antofagastino a la distancia sabía que lo esperaba un escenario dantesco de muerte y destrucción cuando la columna de humo negro empezó a levantarse desde el puerto de Antofagasta y comenzó a ser visible en toda la ciudad, a eso de las 10:30 el intendente Provincial don Joaquín Vial se comunica con el Gobernador Marítimo y ordena la inmediata evacuación del puerto y la salida de los carros bombas, todos los bomberos y personal portuario que a esa hora trabajaba en el incendio, ya que el María Elizabeth guarda en sus estanques de combustible más de 30 mil litros de petróleo y aún quedaban cilindros de gas de grandes proporciones sin explotar los cuales combinados podían provocar la muerte de cientos de personas que a esa hora trabajaban en la extinción del incendio.

Mientras tanto los demás bomberos y los carros bomba de todas las compañía, entre ellos el legendario carro telescópico Pirsch de la Segunda Compañía, único sobreviviente metálico de la tragedia en la actualidad, colaboraban con las pocas ambulancias que tenía la ciudad en ese entonces y trasladaban a los heridos al hospital regional cuya urgencia estaba atiborra con parte de la tripulación del buque y con los trabajadores portuarios heridos y sus familiares que a esa hora se agolpaban en el hospital preguntado por la salud de algún ser querido. Este accidente revelo una realidad laboral por toda la sociedad conocida pero muy poco abordada por las autoridades portuarias como eran los “medios” y “cuarto pollos”, trabajadores subcontratados por un trabajador titular poseedor del carnet oficial de estibador portuario. Ese día 13 de enero de 1965 no era la excepción de esta práctica laboral, por lo que nadie sabía con certeza cuantos y quienes estaban trabajando esa fatídica mañana en el puerto. La cifra oficial daría cuenta más tarde de ocho trabajadores fallecidos, tres portuarios titulares de estiva y cinco tripulantes del buque entre ellos el Capitán del barco y sobre 35 heridos. Algunos fallecidos aparecerían días posteriores como el Washiman Luis Contreras Morales trabajador de la empresa Martínez-Pereira cuyo cuerpo fue rescatado desde la posa poza principal tres días después y aun es recuerdo doloroso para su familia, especialmente para su hija Señora Magdalena Contreras, pese a los años transcurridos. Con los días se instala el rumor, hoy leyenda, que son muchos más los fallecidos productos de esta reprochable práctica laboral y sus cuerpos no pudieron ser rescatados desde las entrañas de la nave que hoy se yergue como su tumba submarina.

Finalmente la nave a eso de las 15:00 horas es remolcada en una arriesgada maniobra por el remolcador Coloso capitaneado hábilmente por el Capitán Merello y mi Señor Padre como parte de su valiente tripulación, después de que arriesgados e intrépidos buzos, de la Armada de Chile, lograran soltar la pesada ancla del buque en valerosa acción que les significó sendas y merecidas condecoraciones por parte de la Marina. Al final el buque obtiene su movilidad, trasladándolo desde su lugar de amarre donde ocurrió la tragedia hasta unos trecientos metros de la costa frente al hotel Antofagasta, a la altura de la calle Baquedano para su descanso final que no estaría exento de problemas por el gran derrame de combustible desde sus cisterna que provoco por varios meses y años graves daños a la vida marina, al turismo y la pesca artesanal de la ciudad.

Este buque con solo 12 años de antigüedad, al momento del accidente, de elegante y lujoso interior fue construido en Alemania para la firma naviera Chilena Martínez-Pereira S.A. en 1952. Hoy al pasar el tiempo, cuando la menoría se comienza a nublar por los años, como chorro neblinero que intenta despejar el humo y los últimos sobrevivientes de tan inmensa tragedia hayan partido de este mundo, ya no existirán testigos de primera fuente que nos puedan narrar la tragedia que vive en el imaginario colectivo de Antofagasta. Al hundirse definitivamente este buque en el mar y en el tiempo solo flotara boyante y trágica su historia de leyenda, ¿serán más los muertos que se llevó consigo esa mañana?, ¿fueron suficientes y fuertes los cables con que amarraban los grandes cilindros de gas o ahorraron amarras para ganar tiempo en el descargue? ¡Si al avisarle al cocinero que apagara la cocinilla encendida se podría haber evitado la inmensa tragedia?… no lo sabremos nunca, solo las aguas de la bahía de San Jorge que bañan a la Perla del Norte saben los secretos de este mítico barco y no lo compartirán con nosotros jamás.

 

Ricardo Rabanal Bustos
Profesor Cronista Bombero
Voluntario N°2272

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