CRÓNICAVisto 2038 veces — 26 marzo 2013

(O la narración de las  51 horas que se tardaron los vecinos de Antofagasta para organizar una institución de actuales 138 años de existencia)

El incendio de ese viernes 2 de abril de 1875 ocurrido a las 11 de la mañana en la actual calle Prat, llamada en ese tiempo “La Mar” entre Latorre y Condell, que afecto la casa y el almacén de un connotado vecino, había reducido a escombros una parte de la naciente ciudad, aunque pasaban las horas,  los vecinos  estaban desbastados con semejante tragedia que nunca antes se había ocurrido en tal magnitud en la naciente Antofagasta. Los vecinos más curiosos , iniciando una tradición Antofagastina que se ha mantenido hasta nuestros días, habían venido a ver el incendio primero y ahora desde todos los puntos de la pequeña ciudad llegaban a ver los maderos humeantes y calaminas retorcidas que aún eran removidas por sus dueños para ver que se podía salvar de entre tanta destrucción.

Los propietarios y dependientes de las casas incendiadas no podían ocultar su pena y amargura ante tremenda tragedia que había devorado en pocas horas una manzana completa del centro de Antofagasta. Sus primeros esfuerzos fueron para tratar de apagar las llamas, pero cuando estas tomaron una fuerza avasalladora solo se limitaron a impedir su propagación en compañía de muchos hombres y mujeres de buena voluntad que ayudaron desinteresadamente a su extinción. Ahora los dueños buscaban y rebuscaban en los escombros para ver que podían salvar, pero nada quedaba, solo maderas, latas y fierros  retorcidos esperaban el anochecer del puerto bajo una humareda blanca que se levantaba suavemente al cielo costero de Antofagasta que a esa hora comenzaba a llenarse de estrellas.

Un informe de mediados de la década de 1870, evacuado por Matías Rojas Delgado, alcalde de la ciudad desde 1879 hasta 1888, describía el crecimiento de Antofagasta poniendo de relieve la fuerte ascendencia del ciudadano chileno en la construcción de la urbe: “La población actual de Antofagasta, tomando en cuenta solo los nombres anotados en los registros sube a 5.384 habitantes; pero tomado en cuenta el cálculo general de un 10% sobre el total que deja de anotarse, por causas que no es necesario apuntar. Y calculando que solo cincuenta operarios hayan en las minas de los alrededores, tendremos que la población total será de 5.972 habitantes. Hay una particularidad que debo hacer notar a usted respecto a la nacionalidad de los habitantes, y es que sobre el total de 5.384, existen en este puerto 4.530 chilenos. Habiéndose formado un cuadro aparte de los nacionales, resulta de él que el total es de 419, siendo de éstos, niños nacidos en este puerto 260. En un puerto de reciente creación, no pueden encontrarse monumentos u obras públicas que llamen la atención; sin embargo, puede indicarse que cuenta con una Iglesia que si no es de lujo, satisface perfectamente las necesidades de la población. Una Aduana, que llena las necesidades del comercio… un Hospital y Lazareto perfectamente atendidos por la Junta de Beneficencia; un Cementerio que fue declarado en su origen Laico por esta Municipalidad… un edificio dedicado a Recova, un Matadero público… El Teatro también es un establecimiento que llama la atención sino por su solidez a lo menos por su sencillez y elegancia… La plaza tiene una reja elegante de madera. El Muelle no es de la mejor construcción, y sirve solo para el desembarque de pasajeros… Como establecimientos particulares que llaman la atención se cuentan dos: la máquina de amalgamación perteneciente a la Sociedad Beneficiadora, que en su género puede considerarse como el primero de la América del Sur… y el del salar del Carmen, perteneciente a la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta. Existen dos Clubs sociales y un Cuerpo de Bomberos. En cuanto a establecimientos de instrucción pública hay dos, uno para cada sexo: éstos corren bajo la vigilancia inmediata de la Municipalidad”

Durante las horas de la remoción de escombros, los mineros de Caracoles, son despertados a la fuerza de su fiesta estridente y explosiva que ante tanta calamidad candente y humeante son devueltos  a la realidad. Cada uno de ellos  es sacudido abruptamente de su alegría embriagada de licores traídos a la pampa para secar la sed del desierto y refrescar el cuerpo y el alma  de las largas jornadas en los  cerros perdidos en el desierto, solo en la compañía de sus palas y picotas que levantaban el caliche al sol del desierto.   Son los gritos y lamentos de los vecinos de la ciudad los que sirven de furioso reclamo a su conducta irresponsable y dispersa que los lleva  a alejarse rápidamente del puerto y volver al mineral de Caracoles en la primera carreta que encuentran a continuar su dura faena que han seguido todos los hijos del norte por tiempos inmemoriales.

Estos hombres del desierto  ocultan sus rostros curtidos por el sol y ahora por la culpa que sienten, bajan  sus miradas al piso, ellos  cansados de juerga y fiesta no quieren enfrentar a sus inquisidores que los miran con rabia y dolor, haciéndoles un juicio público con sus miradas y palabras de ira. Estos pirquineros conocedores de la pampa, estos herederos de Juan López y ahora mineros de Caracoles y piques aledaños, con sus cartuchos de pólvora y fuego han provocado el primer fuego de Antofagasta y ahora deben pagar por ello con una culpa histórica que los seguirá por siempre.

Para darnos una idea fue tal la afluencia de gente que desde un principio acudió al mineral de Caracoles, que en poco tiempo su población alcanzó a más de 20.000 habitantes. Un considerable número de carretas, que no bajaría de 1.500, hacia el tráfico entre Antofagasta y el mineral. La gente vivía allí, al principio, de cualquier manera, la mayor parte en carpas de sacos; pero luego los comerciantes de mayores recursos empezaron a construir casas de madera y calaminas. Fue tal la importancia del comercio que había en el mineral, que dos años después del descubrimiento las existencias de los negocios establecidos se calculaban en más de seis millones de pesos de la época.

En las conversaciones que se empezaron a dar entre la muchedumbre qué miraba asombrada tanta devastación, comenzó a surgir  un  sentimiento de vulnerabilidad que en pocas horas se había  instalado en todas las esferas sociales del puerto.  La sentencia y conclusión era una, Ese  nefasto  día  2 de abril a las 11 de la mañana  la ciudad quedo sin nadie que  defendiera a sus habitantes, sus enceres y a las débiles maderas de las aterradoras y avasallantes llamas que podían consumir en fracción de minutos lo construido en años con tanto esfuerzo y sacrificio de nortinos.

Primeros antecedentes de la fundación del Cuerpo de Bomberos de Antofagasta

Refiere Don Isaac Arce que en el primer bienio de la década de 1870, sólo se constató en 1871 un incendio de escasa proporción que afectó a la pulpería de la Compañía Salitrera. La situación de la ciudad de Antofagasta era delicada, dada la construcción de sus edificios con material ligero y sin más inversión para prevenir siniestros. Era el resultado, según afirmara Matías Rojas D., de la política gubernamental del gobierno boliviano, por un lado, y de la incertidumbre de los vecinos e industriales sobre el porvenir de la urbe, por otro. Sobre el punto, escribe Matías Rojas D.:

“Quizás muchos ignoran la razón por que Antofagasta no ostenta, después de su gran prosperidad, sólidos y elegantes edificios, notándose en general la ligereza de las construcciones, lo que hace una labor casi imposible extinguir los incendios en su principio. Vamos a darla a conocer. El Gobierno de Bolivia desde la apertura de este puerto puso serios inconvenientes para su incremento y desarrollo, llegando hasta ordenar su clausura, debido en una parte a su política internacional, que lo hacía mirar con desconfianza toda población que se levantase al sur de Mejillones, donde la aduana era común con Chile y podía dar lugar a cuestiones que comprometiesen sus buenas relaciones con esta República; y por otra parte a fomentar ese puerto, punto de donde debía partir el ferrocarril en proyecto, al interior”.

El municipio en agosto de 1874, en tiempo de la presidencia de Matías Rojas Delgado, nombró una comisión para recoger erogaciones del vecindario con la finalidad de fundar un Cuerpo de Bomberos, quedando compuesta por Jorge Hicks, administrador de la Compañía de Salitres, como tesorero, e integrada como directores por Eduardo Foster, Luis Lichtenstein, Hugo de Voss, Salvador Galeno y Rejino Meza, pero no logró su cometido en la población. Pero debía acaecer “algo extraordinario que hiciese despertar a los vecinos de su letargo”, apostilla Matías Rojas Delgado, y ese algo se verificó en el gran incendio del 2 de abril de 1875 que afectó a la casa y almacén de José Tomás Peña, en la calle principal (LaMar, hoy Arturo Prat), afectando toda una manzana: las comprendidas entre Latorre y Condell. El siniestro fue en la mañana y a las siete de la tarde se convocaba en el teatro a un “meeting” para crear dos compañías de bomberos: una de Guardia de Propiedad y otra de Ganchos, Hachas y Escaleras. El éxito de la concurrencia conllevó a reunirse el día 4 de abril, para una vez contabilizado lo recaudado entre el vecindario proceder por votación al nombramiento de capitanes, tenientes, secretarios y tesoreros.

Es por eso que un grupo de vecinos, fueron mandatados por sus pares, tal vez por ser ellos los más documentados y comprometidos con la ciudad. Todos, Antofagastinos de nacimiento o adopción, enterados que las grandes ciudades de Chile ya habían sufrido incendios dantescos, tales como Valparaíso que  el 15 de Diciembre de 1850 sufrió un devastador incendio en la calle Del Cabo, hoy Esmeralda y después de 6 meses de colectas y debates interminables un   30 de junio de 1851 organizo el primer Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Chile y Sud-América. O la mismísima ciudad capital, Santiago de Chile, que después del tristemente célebre incendio del Templo de la Compañía, ocurrido el martes 08 de Diciembre 1863 con más de dos mil víctimas y después de 12 días de grandes esfuerzos humanos y económicos, un grupo de destacados vecinos Santiaguinos, fundaban el 20 de Diciembre de 1863 el Cuerpo de Bomberos de Santiago. Ahora era el turno de los Antofagastinos y  se dieron con tesón y voluntad a la tarea de organizar esta histórica reunión que daría vida a dos  compañías de bomberos primero y con ellas la organización del Cuerpo de Bomberos de Antofagasta.

Jorge Hicks, Matías Rojas Delgado, Francisco Errázuriz, Abdón S. Ondarza, Francisco Bascuñán, Pedro Machefert, Cruz Muñoz, Benito Fernández, Luis Dorado, Luis Lichtenstein, Escipion Vernaza, Cesar del Rio, Hernán F. Puelma, Eleuterio Ramírez, Salvador reyes y alrededor de unos 60 vecinos recorrieron las calles de Antofagasta, visitando personas, empresas y comercios. Horas más tarde junto a la primera autoridad de la ciudad convocaron a una reunión general en el teatro del puerto para tratar sobre la organización de un “Cuerpo de defensores de la propiedad”. Esta primera reunión oficial que se llevó a cabo un día después del incendio, o sea el 4 de abril. Este ”meeting”, como lo llamaron los vecinos, fue presidido por el Señor Francisco Errázuriz que era administrador y accionista de la “Sociedad Beneficiadora de Metales de Bellavista”, en esta reunión tomo fuerza la idea de la creación de un “Cuerpo de Bomberos” y que este debía contar con dos compañías una de “Hachas Ganchos y Escaleras” y otra compañía de “Guardias de Propiedad”. Se acordó también en esta reunión recolectar fondos entre los vecinos para adquirir las primeras herramientas necesarias y mandar a construir los carros y escaleras a la fábrica de don Eduardo Orchard. Se designó para la colecta de fondos al abogado Boliviano  Sr Abdón S. Ordanza a los comerciantes Señores Cruz Muñoz, Benito Fernández y Luis Dorador, además el señor Pedro Machefert, de nacionalidad francesa y a cargo de la redacción del diario el “Caracolino” ayudaría con artículos de interés y también con la recaudación de más dineros. Al término de esta segunda  campaña económica  se recolecto la impórtate suma de $ 1.495 pesos que fueron puestos de inmediato a disposición del primer Directorio General.

En la reunión de ese 4 de abril de 1875 a las 14:30 de la tarde junto con elegirse las oficialidades de las dos compañías existentes, se eligieron tres delegados por cada una de ellas. Estos delegados en la misma reunión eligieron a la primera Oficialidad General  que quedo compuesta de la siguiente forma: Superintendente Propietario el inglés, Don Jorge Hicks y como Superintendente Interino fue elegido Don Francisco Errázuriz, Vicesuperintendente Don  Abdón S. Ordanza, Comandante Don Francisco Bascuñán, Vice-Comandante Don H. R. Stevenson, Secretario General Don Belisario Campusano y Tesorero General Don M. Franklin Alvarado,. Habían pasado exactamente 51 horas y media desde el comienzo del gran incendio, hasta la constitución definitiva de las compañías y la Oficialidad General del Cuerpo de Bomberos de Antofagasta

La organización definitiva y su constitución fue el día 5 de abril de 1875, donde se reunieron para su ratificación y la elaboración de los pasos a seguir para la consolidación de esta magnífica institución. Si bien este directorio duro pocos meses ya estaban sentadas las bases para una gran obra, finalmente se regularizan los cargos y asume el Coronel Ecuatoriano Don Cornelio Escipion Vernaza y como Vicesuperintendente Don Abdón S. Ordanza.

El apoyo de la municipalidad se hizo notar de forma inmediata, toda vez que por nota de 27 de abril de 1875 el Superintendente propietario Jorge Hicks, enviara al presidente de la Junta Municipal, Matías Rojas Delgado, una nota solicitando la creación de fondos que pudieran “subvenir sus necesidades urgentes”. La nota de Matías Rojas D. a Hicks es elocuente de la acción del vecindario:

“Esta Municipalidad, haciéndose eco del pueblo, que tiene el honor de representar, no puede por menos que tributar sus felicitaciones y enviar un voto de reconocimiento a todas las personas que han tomado parte en el Cuerpo de Bomberos, y hacer presente al señor Superintendente que siempre y en todo caso debe contar con el apoyo decidido y entusiasta de esta Junta”.

Mención especial merece Matías Rojas Delgado quien fue elegido miembro del Directorio del Cuerpo de Bomberos, en el año 1878, ocupando el puesto de vicecomandante. Bajo este directorio el Cuerpo de Bomberos solucionó sus problemas de cuarteles, con el apoyo de la Municipalidad. En 1879 Matías Rojas era Comandante del Cuerpo de Bomberos. En vida de Matías Rojas Delgado, se contó en servicio con la Primera Compañía “Antofagasta” y con la Segunda Compañía Salvadores y Guardia de Propiedad, según algunos historiadores llamada “Cayetano Marletti”, creada el 22 de diciembre de 1880 y la Tercera Compañía Bomba Angamos.

Por Ricardo Rabanal Bustos

Profesor

Voluntario N° 2272

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