CRÓNICAVisto 1656 veces — 14 noviembre 2025

Impotencia y tristeza tras confirmarse el fallecimiento de la ballena fin varada desde la tarde de ayer. El gigante marino, que luchó por sobrevivir por más de 18 horas, sucumbió alrededor del mediodía, dejando en evidencia una dolorosa falencia en la capacidad de respuesta y prevención del Estado chileno para proteger su invaluable fauna marina.

Los reportes de los pescadores locales, que avistaron el varamiento entre las 4 y 5 de la tarde del día anterior, alertaron sobre una emergencia para la cual el país, a pesar de su vasta costa y rica biodiversidad, parece no estar preparado. Las gestiones de voluntarios, se toparon con una realidad desalentadora: la desactualización de la cartografía marina del sector Bolsico.

No hay cartografía real de cuál es la profundidad; los datos son de los años 60, por lo cual está desactualizada Esta obsolescencia crítica fue un factor determinante, impidiendo que una embarcación adecuada pudiera acercarse y realizar las maniobras necesarias para reflotar al animal. La imagen de un buque inmovilizado a la distancia, incapaz de auxiliar por desconocimiento del propio lecho marino, es una metáfora de la desidia.

La muerte de esta ballena no es un hecho aislado, sino un grito de alerta sobre la irresponsabilidad que persiste en el manejo de nuestros recursos marinos. Chile, un país con “más mar que territorio”, es también un privilegiado corredor de cetáceos, con avistamientos frecuentes de ballenas fin, jorobadas y azules en las costas de Antofagasta. Sin embargo, esta riqueza natural contrasta con la pobreza de medios y la falta de inversión estatal para su protección.

El llamado es categórico: las autoridades centrales, deben destinar con urgencia mayores recursos a Sernapesca. No solo se requiere más capital humano y equipamiento, sino la activación de “protocolos reales” y una imprescindible actualización cartográfica del fondo marino. No es posible que, con la tecnología actual, se sigan perdiendo vidas de especies protegidas por carecer de información básica sobre nuestras propias aguas.

La comunidad de Caleta Constitución, profundamente acongojada, se movilizó y se preguntó cómo podía ayudar. Sin embargo, queda claro que el entusiasmo ciudadano, aunque vital, no puede suplir la ausencia de una institucionalidad robusta y financiada. No podemos esperar a que otro triste evento como este se repita para empezar a actuar. La protección de nuestra fauna marina exige medios, conocimiento y, sobre todo, una voluntad política que, hasta ahora, parece estar varada tan lamentablemente como lo estuvo esta ballena fin. La invitación a “reportear los avistamientos” se vuelve amarga si las autoridades no actúan con la premura y los recursos que la situación demanda.

La especie

La ballena fin (Balaenoptera physalus), el segundo mamífero más grande del planeta después de la ballena azul, es una especie de impresionante tamaño y elegancia que hoy lucha por su supervivencia, calificada como “Vulnerable” a nivel global por la IUCN y en “Peligro Crítico” en Chile, según el MMA.

Estos gigantes marinos, con machos que alcanzan los 21 metros y hembras los 22 metros de longitud, y pesos que oscilan entre 35 y 60 toneladas, se caracterizan por su cuerpo esbelto y hidrodinámico, y una aleta dorsal prominente. Su coloración gris oscuro dorsal contrasta con un vientre blanco, incluidas sus aletas pectorales y caudal.

De distribución cosmopolita, la ballena fin prefiere aguas templadas y frías, evitando los extremos tropicales y los hielos polares, migrando hacia el Ecuador durante el invierno. Su dieta se basa en pequeños peces, calamares y crustáceos como el krill.

En Chile, el Golfo de Corcovado y zonas aledañas a la Isla Grande han sido identificadas como un área vital de alimentación y crianza para esta especie. Con un período de gestación de 11 meses y una lactancia de 7 meses, sus ballenatos nacen en aguas tropicales, manteniendo un fuerte lazo materno. A diferencia de otras ballenas, suelen ser más gregarias, observándose en pares o en grupos de 6 a 10 individuos. Pueden vivir hasta 60 años.

El preocupante estado de conservación subraya la urgencia de proteger a este coloso oceánico, cuya presencia es fundamental para la biodiversidad marina global y, en particular, para los ecosistemas chilenos.

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