TURISMOVisto 836 veces — 28 febrero 2026

La Bahía de Mejillones se ha convertido en un destino de ecoturismo marino de alto valor económico, donde los operadores utilizan la presencia de ballenas como principal gancho comercial. Mientras el negocio florece, la ciencia documenta daños crecientes sobre los mismos animales que lo sustentan.

Las ballenas como producto turístico

Con cada temporada, Mejillones reafirma su potencial como destino de ecoturismo marino, con operadores que ofrecen salidas de avistamiento como su producto estrella. La lógica del negocio es directa: las ballenas son el gancho y el océano es el escenario, pero los animales no reciben ninguna compensación por el impacto que genera ese turismo sobre su bienestar.

Estudios en zonas con modelos similares documentan el potencial económico de esta actividad. En México, el avistamiento de ballenas en la Reserva de El Vizcaíno genera ventas brutas de casi tres millones de dólares por temporada, beneficiando principalmente a negocios turísticos locales. En Perú, una sola temporada de avistamiento genera un impacto económico estimado en 18 millones de soles, atrayendo a más de 11.000 turistas. En Mejillones no existe un estudio publicado que cuantifique esas ganancias, pero el modelo de negocio es idéntico.

Lo que la ciencia dice y los operadores ignoran

La investigación desarrollada en la Universidad de Chile (MASCN), establece que incluso el turismo de pequeña escala genera cambios conductuales medibles en las ballenas: aumenta la reorientación, reduce la linealidad de su nado y eleva el riesgo de colisión con otras embarcaciones. El ruido de los motores y la presencia constante de lanchas obliga a las ballenas a gastar energía eludiendo embarcaciones en lugar de alimentarse, lo que puede comprometer su capacidad de completar sus migraciones reproductivas.

Greenpeace Chile lo resume con datos contundentes: un estudio publicado en la revista Marine Policy determinó que Chile tiene la mayor tasa de mortalidad de ballenas por colisiones con embarcaciones a nivel mundial desde 2013. De 226 ballenas varadas en la costa chilena entre 1972 y 2023, casi un tercio murió por colisión. La Región de Antofagasta concentra el 13% de todos los casos registrados en el país.

El drone y la imagen viral: acoso aéreo sobre la bahía

A la amenaza constante de las embarcaciones turísticas se suma ahora una nueva forma de acoso: los drones. Turistas, operadores y particulares sobrevuelan a baja altura en busca de la imagen más impactante para sus redes sociales, sin reparar en que ese zumbido permanente sobre los cetáceos interrumpe directamente sus ciclos de alimentación y descanso. La lógica es implacable: primero el like, después el bienestar animal.

El problema no es la tecnología, sino el uso que se hace de ella. Los drones deberían operar a más de 30 metros de altura para no modificar el comportamiento natural de las ballenas; las embarcaciones están obligadas por DIRECTEMAR a mantener una distancia mínima de 50 metros, y no deberían coincidir más de tres lanchas simultáneas alrededor de un mismo grupo de cetáceos. Ninguna de estas normas es un capricho burocrático: son medidas respaldadas por evidencia científica que, de cumplirse, reducirían significativamente el estrés de las ballenas.

Hacia un turismo no extractivo: la urgencia de madurar

El contexto actual en Mejillones refleja una etapa profundamente inmadura de su ecoturismo. Hoy, la institucionalidad y los operadores privados celebran el aumento de visitantes como una victoria puramente económica, mientras las regulaciones vigentesson tratadas como simples obstáculos burocráticos, en lugar de ser entendidas como la línea de flotación que mantiene vivo el propio negocio.

Si Mejillones pretende que esta industria sea sostenible y no un auge pasajero, urge abandonar el modelo actual de “explotación visual” para transitar hacia una coexistencia real. Esto requiere, de manera inmediata, una fiscalización estricta que hoy parece ausente. Pero más allá de la norma, exige un cambio de mentalidad radical: los operadores deben comprender que una ballena estresada, herida o ahuyentada por el acoso turístico, ya sea mediante lanchas invasivas o drones no es solo un daño ecológico. A mediano plazo, es el certificado de quiebra del propio modelo de desarrollo local que hoy intentan, torpemente, construir.

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